jueves, 13 de agosto de 2015

Palabras nocturnas.

A veces me pregunto por qué cogemos el camino largo para volver después de clase, si es por evitar pasar más tiempo del inevitable en casa o por buscar nuevas aventuras que nunca llegan. O por qué queremos irnos de casa antes de lo 18 cuando ni siquiera entendemos nuestro sí y nuestro no. A veces, a veces,... ¿Qué es eso que llaman amor? ¿Qué es el volar? ¿Qué se siente realmente al llorar...?
Y no hay respuestas, morimos sin ellas. Pero no aprendemos, siguen ahí, están ahí, y flotan en el aire. Cuando pasa algo te preguntas el por qué pero callas y quizás es miedo, o cobardía.
No sé por qué nos cuesta hablar incluso cuando hace bien, porque hay veces que es lo mejor pero no. Detenemos nuestra lengua en su camino a formular sonido y nos escondemos y entonces creemos que en la respuesta está en la huida y no. Hay que afrontar las cosas de cara y que el tiempo haga de las suyas. Hay que ser sinceros.
Hay que aprender a hablar en voz alta con nosotros mismos.
Y mirarnos a la cara.
Y saber decir quiénes somos sin escondernos de todo, de nosotros.
A veces me pregunto qué le diría a mi yo de pequeña y me doy cuenta de que ella no lo entendería porque ni yo me hago caso, no me escucho,... hago oídos sordos a mis palabras. Le diría tantas cosas,... tantas como países, pero no me creería. Ni yo me creo.
Hay que saber nadar a veces, sacar la cabeza del agua antes de ahogarnos y respirar llenando los pulmones del todo.  Y soltarlo, muy lentamente.

Deberíamos dejar las preguntas, las respuestas,... y vivir. Queremos buscarle explicación a todo y, bueno, respirar sirve para vivir, hay que aprovecharlo. Para algo nos dieron esa capacidad. 

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