A veces me pregunto por qué cogemos el camino largo para
volver después de clase, si es por evitar pasar más tiempo del inevitable en
casa o por buscar nuevas aventuras que nunca llegan. O por qué queremos irnos
de casa antes de lo 18 cuando ni siquiera entendemos nuestro sí y nuestro no. A
veces, a veces,... ¿Qué es eso que llaman amor? ¿Qué es el volar? ¿Qué se
siente realmente al llorar...?
Y no hay respuestas, morimos sin ellas. Pero no aprendemos,
siguen ahí, están ahí, y flotan en el aire. Cuando pasa algo te preguntas el
por qué pero callas y quizás es miedo, o cobardía.
No sé por qué nos cuesta hablar incluso cuando hace bien,
porque hay veces que es lo mejor pero no. Detenemos nuestra lengua en su camino
a formular sonido y nos escondemos y entonces creemos que en la respuesta está
en la huida y no. Hay que afrontar las cosas de cara y que el tiempo haga de
las suyas. Hay que ser sinceros.
Hay que aprender a hablar en voz alta con nosotros mismos.
Y mirarnos a la cara.
Y saber decir quiénes somos sin escondernos de todo, de
nosotros.
A veces me pregunto qué le diría a mi yo de pequeña y me doy
cuenta de que ella no lo entendería porque ni yo me hago caso, no me
escucho,... hago oídos sordos a mis palabras. Le diría tantas cosas,... tantas
como países, pero no me creería. Ni yo me creo.
Hay que saber nadar a veces, sacar la cabeza del agua antes
de ahogarnos y respirar llenando los pulmones del todo. Y soltarlo, muy lentamente.
Deberíamos dejar las preguntas, las respuestas,... y vivir.
Queremos buscarle explicación a todo y, bueno, respirar sirve para vivir, hay
que aprovecharlo. Para algo nos dieron esa capacidad.
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