La lluvia dejó de caer
hace tiempo sobre el tejado de mi casa, el sol y la luna se turnan en su lugar.
Las nubes, a veces, hacen acto de presencia pero... se esfuman. Las yemas de
mis dedos echan de menos el tacto de las paredes frías y mi nariz, el olor de
la chimenea encendida en invierno.
Dicen, los más sabios,
que volver en el tiempo no es bueno, que es mejor dejar las cosas como están y
no volver la vista atrás. No es que no les crea, pero... tanta sequía no debe
ser buena. Se me están olvidando las pocas imágenes que quedaban en mi cabeza
de gotas de lluvia cayendo en la ventana.
Ni siquiera el viento
pasa por aquí.
No puede haber más
gente mala que buena en este mundo. Es estadísticamente imposible. ¿Qué pasará
cuando se acabe el agua del mundo? Ese dios vuestro del que tanto habláis nos
odia. La gente de este planeta es hermosa, ¿Verdad? Quizás soy yo el problema,
quizás soy yo la que no debería estar aquí.
Hemos dejado de vivir,
somos almas errantes que ni siquiera saben sonreír. Si nuestros antepasados
hubieran sabido que acabaríamos de esta forma tan... tan... ni siquiera hay
palabras para describir esta situación. Hemos destruido nuestra vida, algo tan
bonito que heredábamos desde hacía millones de años.
Deberíamos haberlo
evitado, somos seres inteligentes.
O eso creía. La
realidad es que fue bonito mientras duró: la evolución hasta llegar al homo
sapiens; la evolución del mundo culturalmente y todos los idiomas, religiones,
músicas,... todo lo que se ha ido creando con el paso de los siglos; la lucha
por los derechos de la humanidad;... incluso la colonización de la luna, así de
grande soñamos. Supongo que el mundo se quedó pequeño.
Quizás sea la respuesta
algo que siempre se ha dicho y no es otra cosa más que el famoso “todo tiene un
pero”. El mundo tenía uno y probablemente inconscientemente sabíamos que esto
llegaría. ¿Cuál era ese pero? Nadie es perfecto.
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